Estimado lector: Hoy 13 de Mayo recordamos las visitas del Embajador de la Paz, a los tres niños de Fátima. Te invitamos a rezar el Rosario en Familia, como lo pidió la Virgen de Fátima.
Nos encontramos en la primavera del año 1916. Lucía tiene nueve años, Francisco ocho y Jacinta apenas seis. Como de costumbre, los pastorcitos salieron aquella mañana con sus ovejas, y se juntaron en una propiedad llamada “Choza Vieja”.
Alrededor de las 10 de la mañana, comenzó a caer una fina lluvia. Subieron la falda del monte, seguidos de sus ovejas, buscando un resguardo que les sirviese de abrigo.
Encontraron una caverna abandonada. Allí pasaron el día. Como a las doce, sacaron sus provisiones y almorzaron alegremente. Luego, recordando la recomendación de sus mamás: “No olviden hacer sus oraciones”… sacaron su Rosario para rezar. Había tanto que pedir al cielo en este tiempo de guerra: los hermanos mayores y los primos en peligro en los campos de batalla; los numerosos heridos que volvían a sus casas, paralizados para el resto de sus vidas…
Terminada la oración, comenzaron a jugar con las piedrecitas, cuando de repente, un fuerte viento sacudió los árboles y les hizo levantar la vista para ver lo que pasaba.
Entonces, vieron a un joven de catorce o quince años, más blanco que la nieve. El sol lo hacía transparente como el cristal y era de una belleza increíble. Acercándose a ellos les dijo: “No teman, soy el Ángel de la Paz. Recen conmigo”. Y arrodillándose en la tierra, dobló la frente hasta el suelo, y los hizo repetir por tres veces consecutivas estas palabras:
“Dios mío, yo creo, te adoro, espero y te amo.
Te pido perdón por los que no creen,
No te adoran, no esperan y no te aman”.
Después, levantándose, les dijo:
Recen así, los Corazones de Jesús y de María están atentos a las voces de vuestras súplicas”.
Estas palabras quedaron grabadas para siempre en sus mentes, y las repetían durante largos ratos, postrados tal como se lo había enseñado el Ángel.
Recen… Recen…
Transcurrido cierto tiempo, un día de verano, mientras jugaban, tuvieron otra vez la visita del Ángel, que les dijo:
“¿Qué están haciendo? ¡Recen…recen mucho! Los corazones de Jesús y de María tienen sobre ustedes designios de misericordia. Ofrezcan constantemente al Altísimo, oraciones y sacrificios, como actos de reparación por los pecados, y por la conversión de los pecadores. Acepten y soporten con sumisión el sufrimiento que el Señor les envía”.
Los niños entendieron; sus vidas comenzaron a cambiar. No perdían oportunidad de hacer sacrificios, y rezaban más.
En Otoño del mismo año, tuvieron la tercera visita del Ángel de la Paz. Esta vez, se presentó ante ellos con un cáliz en la mano, sobre el cual se veía una hostia. Entonces, el Ángel les enseñó la siguiente oración:
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
te adoro profundamente, y te ofrezco el preciosísimo
Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad
de Nuestro Señor Jesucristo,
presente en todos los sagrarios de la tierra,
en reparación de los ultrajes, sacrilegios
e indiferencias con que El mismo es ofendido.
Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón
y del Inmaculado Corazón de María,
Te pido la conversión de los pobres pecadores”.
Luego, presentó a Lucía la Hostia y compartió el contenido del Cáliz entre Francisco y Jacinta, diciendo: “Tomen el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, tan ultrajado por los hombres ingratos. Reparen sus pecados y consuelen a su Dios”. Después, desapareció.
Absortos en oración, y aún colmados de la presencia divina, los niños se quedaron largo rato sin moverse. A nadie hablaron de las visitas del embajador de la paz, pero guardaron de ellas una profunda impresión. Estando los niños preparados, la Santísima Virgen ya podía venir.